23 dic. 2014

Noche de verano.

Como siempre, la pequeña de nuestra historia es una niña perdida.
Ella no tenía a Peter Pan, ni a Campanilla, para ser salvada de sus pesadillas.
Ella sólo confiaba en la Luna y las estrellas. En los fantasmas que seguían sus pasos. Y eso no e importaba, ella creía que estaba bien así, que las cosas eran como debían ser.
Pero siempre tiene que aparecer algún personaje más, o debe ocurrir algo en la vida de nuestra protagonista que la haga cambiar de opinión, algo que cambie su visión del mundo.

Para ella todo transcurrió en una cálida noche de verano. La Luna estaba pletórica, no había ninguna nube que pudiera hacerle perder su protagonismo. La pequeña, decidió pasar la noche junto a un lago, en el que sin saber de dónde, se oían las conversaciones de unas viejas ranas parlanchinas.
La pequeña absorta en la Luna, en su luz, no se dio cuenta de que a su lado se había sentado una vieja sombra. Ella no lo reconoció a primera vista pero terminó dándose cuenta de que era de su pasado. Esa sombra sombra sin rostro, se iba acercando poco a poco a la pequeña. Ella no estaba asustada, ni le temía, La pequeña, sonrió al ver en el reflejo del lago el rostro de la sombra. Ésta la rodeo con un brazo y le dijo, ha pasado mucho tiempo, pequeña. A lo que ella respondió, por desgracia sí. La sombra cada vez la iba rodeando más, no sabía cómo lo hacía, parecí que le hubiera salido tentáculos. Al terminar de cubrirla, sintió una leve caricia en la mejilla, la sombra había decidido mostrarle su último afecto.

Pasó la noche, el día siguiente, la semana siguiente, el mes, el año. Y nuestra pequeña y la sombra siguieron juntos. Ella cargaba con el peso de ambos. Después de un tiempo, dejó de sentir su peso, sólo seguía con su vida, con lo que creía que debía hacer. 
Ella no supo cuánto tiempo había pasado, y la verdad yo tampoco. Para los mortales, un par de años, para nosotros década, siglos incluso.

Años después la pequeña volvió al mismo lago, el mismo día que aquella vez. Una tristeza se había apoderado de su pequeña alma, pero la Luna seguía ahí, pletórica. La luz de la Luna seguía ahí, cual faro. Las rana seguían ahí, sin parar de contarse historia. La pequeña decidió dar un paso de fe, en ella. La pequeña tomo la decisión, más importante de sus pocos años, o muchos depende de a quién preguntes, le dio un beso a aquella vieja sombra. Respiró lo más profundo que el peso le permitió, y las ranas empezaron a croar más alto, y la Luna empezó a brillar como si le fuera la vida en ello.
La sombra se fue del mismo modo que vino, sin decir nada, sin apenas mirarla.

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