3 feb. 2015

I

–Este no eres tú.
–¿No? Pues dime quién soy...
–Eso no te lo puedo decir yo, pero sí te puedo decir quien eras...
Eras de los que luchaba, hasta por el último alma del planeta, eras quien no se detenía, ni se rendía cuando todo pronosticaba que era el momento de hacerlo. Eras la luz guía, la estrella polar que se sigue cuando todo está oscuro, cuando no queda nada más que la esperanza, aunque sea escasa y dolorosa. Eras mi luz. ¿Qué te ha pasado, cielo? Porque antes lo eras, mi cielo... Dime, ¿quién te ha hecho esto? ¿Fui yo? Porque no eres la persona que conocí, no eres la persona de la que me enamoré. Pero ya me ves, aquí, delante de ti, en este cutre bar, soltándote un discurso, como siempre. Respóndeme, ¿quién te hizo esto? 
–Tú. Te fuiste, sin decir nada. De la noche a la mañana, sin una nota que dijera que te habías ido a por tabaco, aunque sea. Sin nada. Perdiste el derecho a soltarme discursos, perdiste el derecho de hacerme sentir culpable por haberte defraudado. No sé por qué o para qué has vuelto, no sé qué quieres, o que esperas conseguir y sinceramente, me da igual. 
–Sigues mintiendo.
–Nunca dejaré de mentirte, para parecer más fuerte. Porque no me da igual, porque te he echado de menos, y te he odiado hasta quedarme sin alma. ¿Luchar? Esa palabra perdió su significado cuando me perdí a mi mismo buscándote.

Y las palabras se desvanecieron en aquel bar, entre el humo y espantoso ruido que manaba de aquella vieja radio. Sólo quedaban dos personas que una vida pasada lo había sido todo, para convertirse sus propias armas arrojadizas. 

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