6 feb. 2015

II

Como siempre la pequeña de nuestra historia era una niña perdida.
Ella no tenía a Peter Pan ni a Campanilla, para salvarla de sus pesadilla.
Ella sólo confiaba en la Luna y las estrellas. En los fantasmas que seguían su paso.
Eso no le importaba, ella creía que esta bien así, que las cosas eran como debían ser. Pero siempre tiene que aparecer algún personaje más, o algún hecho en la vida de nuestra protagonista que la haga cambiar de opinión, algo que haga cambiar su visión del mundo.
Para ella todo transcurrió en una cálida noche de verano. La Luna estaba pletórica, no había ni una nube en el cielo, nada que pudiera hacerle perder su protagnismo. La pequeña decidió pasar la noche junto a un lago, en el que sin saber de donde se oían las conversaciones de unas viejas ranas parlanchinas. 
La pequeña absorta en la luna, en su luz, no se dio cuenta de que a su lado se había sentado una vieja sombra, ella no lo reconoció a primera vista, pero termino dándose cuenta de que era de su pasado. Esa sombra sin rostro, se iba acercando poco a poco a la pequeña. Ella no estaba asustada, ni le temía. La pequeña, sonrió al el reflejo de la sombra en el lago. La sombra la rodeo con un brazo y le dijo, ha pasado mucho tiempo pequeña. A lo que ella respondido, por desgracia sí. La sombra cada vez la iba rodeando más, no sabía como lo hacía, parecía que le hubieran salido tentáculos. Al terminar de cubrirla, sintió una leve caricia en la mejilla, la sombra había decidido mostrarle su último afecto.
Pasó la noche, el día siguiente, la semana siguiente, el mes, el año. Y nuestra pequeña y la sombra siguieron juntos. Ella cargaba con el peso de ambos que ya se había vuelto suya. Después de un tiempo, dejo de sentir ese peso, sólo seguía con su vida.
Ella no supo cuánto tiempo pasó, y a decir verdad yo tampoco. Para los mortales, un par de años, para nosotros décadas, siglos incluso. 
Años después la pequeña volvió al mismo lago, el mismo día que aquella vez. Una tristeza se había apoderado de su pequeña alma, pero la Luna seguí ahí, pletórica. Su luz seguía ahí, cual faro. Las ranas seguían ahí, sin parar de contarse viejas historias. La pequeña decidió dar un paso de fe, en ella. La pequeña tomo la decisión más importante de sus pocos años, o muchos depende de a quien preguntes, le dio un beso a su sombra. Respiró lo más profundo que pudo y las ranas empezaron a croar más alto, y la Luna empezó a brillar como si le fuera la vida en ello. 
La sombra se fue del mismo modo que vino, sin decir nada, sin apenas mirarla.

No hay comentarios:

Publicar un comentario